Alinear propósito y convicción es vital para alcanzar una paz interior permanente y motivadora para fluir por la vida, tanto personal como profesionalmente
Hoy hace cinco años que inicié un nuevo proyecto profesional. Un proyecto que nació el mismo día que cumplía 54 años y que, lejos de ser un punto de llegada, fue —y sigue siendo— un punto de partida. Un acto consciente de coherencia personal. Un paso adelante impulsado por la ilusión, no por la necesidad. Por la convicción, no por la moda.




Recuerdo bien aquel momento. A mi alrededor, algunos me llamaron osado. Otros, directamente, loco. Hubo quien habló de valentía, de espíritu guerrero. Yo nunca me he reconocido en ninguno de esos adjetivos. No hice nada extraordinario. Simplemente alineé mi deseo interior de ser útil con la necesidad profunda de sentirme bien con lo que hacía.
En otras circunstancias, a otros ni siquiera se les habría pasado por la cabeza dar ese paso. Pero a mí siempre me ha movido la ilusión de emprender, de estudiar, de aprender y de alinear lo que sé con lo que hago. Desde muy joven entendí que el trabajo no debía ser una carga, sino una extensión natural de lo que uno es.
Con 14 años empecé a escuchar y observar. Durante cuatro años aprendí de mis maestros de oficio mientras compaginaba estudios de Formación Profesional con el trabajo. Aprender un oficio te da una perspectiva distinta de la vida. Te enseña que el aprendizaje no termina nunca, que la mejora constante es una actitud y que el conocimiento aplicado transforma realidades.
Desde entonces no he parado. Me he formado de manera constante. Fui empresario con apenas 21 años, abriendo mi primera empresa. He sido alto directivo, formador, y hoy soy conferenciante y divulgador de la Formación Profesional. Un ámbito que, durante años, no ha estado de moda. No porque no fuera valioso, sino porque fue injustamente olvidado.
Hoy, afortunadamente, la Formación Profesional se está recuperando. Se empieza a entender —en el seno de las familias y de las empresas— su enorme valor social y competitivo, tanto en lo personal como en lo profesional. No es una alternativa menor: es una vía sólida, realista y profundamente transformadora.
Dejar la comodidad y el estatus aparente, como fue en mi caso, a veces es la única forma de ser uno mismo. Caminar junto a personas o entidades que ya no encajan con tus valores termina siendo profundamente desmotivador. Y eso, sencillamente, nunca me lo he permitido.
Siempre he tenido bastante claridad sobre hacia dónde quería ir. He disfrutado del viaje, del camino compartido con mi equipo y con todas aquellas personas y organizaciones a las que he tenido el privilegio de servir. Aportar valor, impulsar proyectos, ayudar a crecer… y cuando esos proyectos cambian o se agotan, saber retomar el rumbo hacia otros horizontes.
El mundo está lleno de puntos cardinales. Lo importante es no perder la brújula.
Mi pequeño grano de arena es hacer entender este proceso vital a los jóvenes. Mostrarles que existen caminos distintos, dignos, ilusionantes. Que solo con ejemplos reales se avanza como sociedad. Porque hay quien habla de Formación Profesional sin haberla estudiado ni vivido, y eso acaba pasando factura a su credibilidad. Se puede intentar, pero cuando el discurso no nace de la experiencia, se nota. Se repite un guion mientras la mente está en otro lugar.
Hoy quiero agradecer, de corazón, a todas las personas y entidades que me han acompañado hasta aquí: empresas colaboradoras, organismos, fundaciones, centros de formación y, sobre todo, personas. Grandes personas. De las que uno se cruza en el día a día y le reconcilian con el camino.
Apartar ramas, dejar atrás a quien no te merece, permite ver el bosque completo. Y el bosque es mucho más amplio y generoso de lo que a veces creemos.
Seguimos caminando. Nos seguiremos viendo por el camino en los próximos cinco años.
Gracias por tanto.
SEGUIMOS.
👉 Si quieres conocer quiénes me acompañan en esta singladura y saber más sobre este proyecto, te invito a visitar mi web: www.antoniruiz.com